Crítica: El Atlas de las Nubes

Nota Muvin.es
6.0
Lo bueno: Jim Broadbent, pletórico
Lo malo: La vacua simpleza de la que hacen gala casi todas las historias
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Hay proyectos que, de puro descabellados, resultan infinitamente atractivos. La adaptación de la colosal novela de David Mitchell “Cloud Atlas” es, probablemente, uno de los mejores ejemplos de los últimos años.

Fue Natalie Portman quien, en el rodaje de V de Vendetta, allá en 2005, les hizo llegar a los hermanos Wachowski, productores de la cinta, la novela de Mitchell. Los hermanos (ahora hermano y hermana; por si no lo sabían Larry se cambió el nombre –y otras cosas– por el de Lana…), lejos de las mieles del éxito de su primer Matrix, perdidos en sus innecesarias continuaciones y a unos años del batacazo de esa tontería que fue Speed Racer, vieron una oportunidad para entregar un nuevo hito del cine de ciencia ficción. Tras muchos años de darle vuelta, incluso se asociaron con el cineasta alemán Tom Tykwer (Corre Lola Corre, El perfume), repartiéndose entre los tres las distintas historias que componen El atlas de las nubes.

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El resultado acaba siendo, como era de esperar, tan impresionante como farragoso, tan complejo en apariencia como simple en el fondo, tan deslumbrante como irregular. Lo que nunca podríamos haber adivinado es que iba a ser tan, tan aburrida.

Esta fábula espacio temporal que comienza con un ancianísimo Tom Hanks relatando una historia ante las llamas de una hoguera nocturna nos lleva a través de seis narraciones distintas, situadas en 1849, 1936, 1973, 2012, 2144 y 2321, todas ellas protagonizadas, en papeles de mayor o menos relevancia, por el mismo plantel de actores, nombres en su mayoría de primera categoría que no sólo cambian de personajes, sino también de raza e incluso de sexo. Aunque todos los actores cumplen con dignidad (Hanks en el segmento de 2321, Ben Whishaw en 1936, Jim Sturgess en 1849, Doona Bae –en el papel destinado a Natalie Portman– en 2144, Hugo Weaving, Jim Broadbent y un sorprendente Hugh Grant en todos), la mayor parte de sus apariciones acaban resultando, cuanto menos, ridículas. Y no se salva nadie: ni los hilarantes disfraces de Tom Hanks, recordando al  peor Jim Carrey, o una Halle Berry rubia y difícilmente blanca, Bae como una inglesita niña bien de la época victoriana, o Sturgess disfrazado de improbable japonés. Así puestos, a veces parece que estamos asistiendo a un desfile de estrellas de la pantalla retándose a ver quién puede llevar el disfraz más ridículo e imposible.

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Pero ni siquiera este desfile que ríase usted de los de Agatha Ruiz de la Prada sirven para mantener la atención del espectador más allá de alguna risa involuntaria esporádica. La culpa de ello radica en la simplista adaptación que los cineastas hacen de las diferentes historias, que nunca van más allá de lo que ofrecen a simple vista: un drama histórico sobre la esclavitud, un melodrama romántico típicamente british de entreguerras, un thriller setentero y “blaxploitation”, una comedia de senectud rollo Hotel Marigold, un sci-fi japonés en un mundo alienado y dictatorial, y una fábula post-apocalíptica de connotaciones religiosas. Independientemente de sus irregulares resultados, ninguna de ellas profundiza en sí misma ni cala en el espectador, debido a que todas forman parte de un todo y se ven constantemente interrumpidas y troceadas por las demás. Eso sin mencionar que su conexión, el hilo que las une todas, es, en sus mejores ocasiones, endeble, cuando no directamente forzado o risible (sigo sin entender por qué el anodino personaje de Doona Bae en su segmento protagonista está destinado a ser la líder que libere a la Humanidad; o cómo la historia de Jim Broadbent afecta directamente al personaje de Bae).

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Los Wachowski tienen a su cargo las historias ambientadas en 1849, 2144, y 2321, y más allá de la histórica corrección simplista que muestran en la primera, parecen sentirse más cómodos en el despiporre visual de la segunda, donde sacan toda su artillería de persecuciones, explosiones, peleas y algo de erotismo japonés de regalo. Sin embargo, éste acaba por ser el segmento más aburrido y estirado de todo el film, por torpe y ruidoso. Se salvan en el de 2321 gracias al duelo a tres bandas entre Halle Berry, Tom Hanks y un perturbador y verde Hugo Weaving.

Tom Tykwer se encarga pues, de los relatos de 1936, 1973, y 2012. Y si bien el segundo es un patinazo considerable, que a veces parece una parodia sin ritmo ni tensión de los thrillers de los 70 de Alan J. Pakula y Sidney Lumet, con una Halle Berry en plan Jane Fonda negra (aquí sí) corriendo de un lado para otro, los otros dos se erigen pronto en lo mejor de la película. El de 1936 porque, en su acercamiento al  melodrama británico, se empapa de lo mejor de éste: una ambientación exquisita y un plantel magnífico, con ese duelo entre músicos interpretados por el siempre excelente y extraño Ben Whishaw (les recomiendo busquen su interpretación del Shakespeare Ricardo II para la miniserie de la BBC “The Hollow Crown”), y un Jim Broadbent en estado de gracia, con un estupendo James D´Arcy como tercero en discordia. Pese a algunas notas chirriantes (la relación de Whishaw con Halle Berry, su atropellado desarrollo), la belleza de su música y el lirismo y emotividad de la que hace gala su final la colocan como la pieza más equilibrada del film. A su lado se agradece el ritmo vertiginoso, el absurdo, y la diversión que proporciona el segmento de 2012, protagonizado por un pletórico Jim Broadbent intentando escapar de una residencia de ancianos y de su malvada directora (un travestido Hugo Weaving), que tiene algunos instantes realmente hilarantes (la reunión de Broadbent con sus compañeros de fuga, la pelea final entre los malos y la inesperada ayuda de una sección de hooligans escoceses), pese a su torpe comienzo (culpa en gran parte de un Tom Hanks jugando a Robert De Niro que resulta tan chocante como desagradable).

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Si este artículo les parece un mejunje (o mezclote que dicen en mi pueblo), no me culpen a mí, sino a este despropósito llamado El atlas de las nubes, que pese a su interés inicial es incapaz de ofrecer más que un espectáculo vacío, ruidoso, torpemente grandilocuente, con su rollo de filosofía new age y las conexiones entre seres humanos, que gana un tanto cuando no se toma demasiado en serio, y que por momentos, parece tan eterna y estirada como la historia que cuenta. Probablemente sus tres horas sean de lo más largo y aburrido que haya visto en un cine a las cuatro de la tarde, especialmente su primera hora y pico, insoportable (al final se anima un poco la función, dada su sucesión ininterrumpida de clímax). 172 minutos de mi vida que nadie me devolverá, en los que en vez de tratar de entender (aunque no hay nada que entender, he ahí la cuestión) esta pseudofábula sobre las relaciones humanas podría haber intentado relacionarme con alguna atractiva crítica que estuviera tan aburrida como yo.

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Eso sí, si pueden, escuchen su banda sonora, nominada al Globo de Oro, o al menos su tema principal, titulado “The Cloud Atlas Sexteth”, compuesto por el propio Tykwer, Reinhold Heil y Johnny Klimek. Precioso, bellísimo. Y es que quizá, en vez de una película llena de ruido y tonterías, El atlas de las nubes tendría que haber sido una larga, compleja, y estimulante pieza musical. Quizá así no habría costado 100 millones de dólares, y desde luego, no se habría pegado semejante (y merecido) batacazo comercial. A los hermanos Wachowski les iba mejor cuando eran eso. Hermanos.

 

Crítica: El Atlas de las Nubes, 4.0 out of 10 based on 1 rating
Mario Hernández


Titulado en Dirección Cinematográfica.