Golpe de efecto – Crítica
Follow Dir. Robert Lorenz
23 nov 2012

Golpe de efecto – Crítica

Nota Muvin.es
7.0
Lo bueno: Los actores, especialmente la química surgida entre Clint Eastwood y Amy Adams
Lo malo: Los tópicos que plagan el guión y que finalmente estallan en su último y previsible acto
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Ben Affleck lleva camino de convertirse en el nuevo Clint Eastwood. A saber: actor regulero que debe su fama a unos cuantos éxitos de taquilla más que a su calidad interpretativa y que, inesperadamente, salta a la dirección, comenzando con unos cuantos thrillers más que correctos (todo sea dicho, los tres primeros filmes de Affleck son bastante superiores a las primeras películas de Eastwood; como muestra, la magnífica y reciente Argo), y adquiriendo un respeto como cineasta, y también como actor gracias a los papeles que se da a sí mismo, que jamás habría conseguido, hasta el punto de que hoy día es considerado uno de los más grandes directores del cine. Así que quizá, dentro de cuarenta años, veremos a un Affleck viejales protagonizando una película ajena y que use su gloria y mito para promocionarse. Porque si Clint Eastwood no protagonizase esta Golpe de efecto, tengan por seguro que pasaría sin mucho ruido por los cines. O quizá ni siquiera se habría filmado.

Y es que la promoción del film pretende venderla como lo nuevo del director. El cartel, el aroma que respira el tráiler, la fotografía de su habitual Tom Stern… todo parece llevarnos a una película de Clint Eastwood. Pero no lo es. La dirige un tal Robert Lorenz, que firma su primera película tras haber sido ayudante de ¿adivinan? Clint Eastwood, desde la ya lejana (y estupenda) Medianoche en el Jardín del Bien y del Mal. El bueno de Clint le ha regalado a Lorenz su productora, Malpaso, la mitad de su equipo de siempre (también está el montador Joel Cox), y la distribución de Warner, y todos contentos: Lorenz debuta como director, y Eastwood se dedica a simplemente a actuar, después de cuatro años alejado de la pantalla (su última aparición fue en su Gran Torino, si bien no actuaba en un film ajeno desde En la línea de fuego, de Wolfgang Petersen, en 1993).

Y qué demonios. Ver a Clint Eastwood en pantalla siempre es un placer. Ese rostro eternamente ajado, la boca torcida en una mueca de desprecio constante, los pequeños y brillantes ojos taladrándole a uno el alma. En los primeros minutos del film sabes que ese viejo que tiene problemas para echar la meada mañanera (“¿De qué te ríes?”, le dice a su pene. “Te moriste antes que yo, hijo de puta”), ese anciano de 82 años, aún puede partirte la cara de un guantazo. Su personaje, una especie de extensión del que ya interpretaba en Gran Torino, es un hombre anclado en el pasado, borde, cabezota, y solitario, incapaz de comunicarse con su hija, la excelente Amy Adams. La relación entre ellos, el drama familiar, es el eje sobre el que gira la película, si bien tenemos también algo de comedia romántica (la relación que se establece entre Adams y un encantador Justin Timberlake), film deportivo (ambientado en el béisbol americano, y con la lucha entre las estadísticas de ordenador y el viejo cazatalentos de toda la vida, algo ya expuesto, y mucho mejor, en la estupenda Moneyball), y road-movie sureña.

Lástima que el guión, obra de otro debutante, Randy Brown, sea incapaz de profundizar en ninguna de sus tramas, y todas queden a medio gas. El problema no es tanto la abundancia de convencionalismos y lugares comunes que plagan el libreto, tópicos que realmente nunca son del todo molestos hasta el final, concretamente a partir de que un personajillo se revela como la nueva estrella del béisbol, algo que cualquier espectador con dos dedos de frente sabía que iba a pasar. Es entonces cuando todas las tramas se solucionan con una facilidad pasmosa: Eastwood al final demuestra a todos que llevaba razón, se reconcilia con su hija, ésta le pega un morreo a Timberlake, todos ganan, y el viejo cowboy comienza a andar tras haber dicho el chiste de rigor. La cámara sube, la música aumenta la intensidad. Fin. Se trata de un guión tan modélico en su construcción narrativa, sus actos, puntos de giro, presentación de personajes, etc., que finalmente carece de alma. De corazón. Y todos los clichés que le hemos perdonado durante una hora y media acaban por explotar en sus últimos quince minutos.

Tiene algunos detalles, eso sí, alguna escena loable, como las diversas secuencias del comienzo, la primera conversación entre Eastwood y Adams, o el retrato de algunos personajes secundarios, como la pandilla amiga de Eastwood, que discuten lo mismo de béisbol que de cine (“Ice T es mejor actor que Robert DeNiro”, dice uno. Porque Ice T es actor y rapero. ¿Tú has visto alguna vez a DeNiro rapear?”). Pero son destellos de calidad en un libreto tan correcto como insulso.

La labor de Lorenz tras las cámaras sigue un poco el mismo patrón. Es correcta, no hay nada fuera de tono… Vamos, que es aburrida. Intenta atenerse al clasicismo narrativo de Eastwood, pero lo único que diferencia su puesta de escena de la de un telefilm es la cinematografía de Tom Stern, un mago de la luz y la sombra, que saca un tremendo partido tanto a los espacios cerrados (las sombras de la casa de Eastwood, o su visita al médico), como de los planos generales ambientados en los diferentes estadios que se suceden a lo largo del metraje, explotando las cegadores luces de los gigantescos focos. Y aún así, en ese tercio final ya mencionado, Lorenz se deja llevar también por los clichés, desde las jugadas a cámara lenta, al uso excesivo de la música, pasando por una tergiversación del carácter de sus personajes que poco tiene que ver con la sensibilidad (que no sentimiento) con la que hasta ese momento los había tratado.

Pero no se lleven una mala impresión. Golpe de efecto es una película sumamente entretenida, que se ve con agrado, y que depara más de una risa. Por supuesto, todo ello es debido a sus magníficos actores, a los gruñidos de Eastwood (quizá sean su mejores líneas de diálogo), y a la química resultante entre éste y su hija en la ficción, Amy Adams. Todas sus escenas están llenas de humor,  y de ternura, yendo mucho más allá de lo que el guión o el director sabrían. También contribuyen un Justin Timberlake que repite el personaje que ya hizo en la divertida Con derecho a roce, y que, si bien no tiene material donde mostrar que, digan lo que digan, puede ser un excelente actor (ahí está La red social para demostrarlo), o el siempre orondo y siempre excelente John Goodman.

Hablamos pues de un film con más ínfulas que calado, con bastante psicología de Perogrullo (podemos huir de la vida golpeando lejos todas las bolas que nos lance, pero nunca podremos huir de las cosas importantes de verdad, de las espinosas, de “las curvas” <de ahí el título original, “Problema con la curva”, que por supuesto los traductores españoles se han pasado por el forro>), pero que no deja de ser disfrutable y hace pasar un buen rato. Lejos quedará de las intenciones de sus responsables de ser una de las favoritas a los Oscar, aunque puede que al bueno y viejo de Clint le caiga una nominación. Al fin y al cabo, la de actor es la única estatuilla de su carrera que le falta.

Así que quien sabe… quizá algún día Ben Affleck gane un Oscar al Mejor Actor. El tipo que hizo Daredevil y Gigli. Qué cosas.

Mario Hernández


Titulado en Dirección Cinematográfica.