La parte de los ángeles – Crítica
Follow Dirección: Ken Loach
Estreno: 16 nov 2012

La parte de los ángeles – Crítica

Nota Muvin.es
6.5
Lo bueno: El divertido y tierno, no exento de crítica, retrato de los secundarios.
Lo malo: La parte más puramente social del film, por ser demasiado evidente y, cinematográfica y narrativamente, aburrida.
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Curioso lo que le ha pasado a Ken Loach de un tiempo a esta parte. Uno de los cineastas británicos más respetados y reconocidos por la crítica internacional que, poco a poco, ha visto como sus filmes pasan cada vez más desapercibidos y apenas si son mencionados por una parte de la crítica que, además, suele destrozarlos. Es lo que ha ocurrido con sus dos últimos filmes, Buscando a Eric, de 2009, y Route Irish, de 2010.  Esta tendencia se ha hecho especialmente fuerte desde que, en 2006, el film de Loach El viento que agita la cebada se alzara en medio de la polémica con la Palma de Oro del Festival de Cannes. De lo que siempre se le acusa al director inglés es de ser excesivamente obvio, didáctico, en su discurso, sea político o social, de ser maniqueo y simplón con sus personajes, condescendiente con los buenos, cruel con los malos, y de despreocuparse de la puesta en escena. Y qué quieren que les diga. Razón no les falta a estos argumentos. Loach nunca ha sido un cineasta muy sutil, pero sobre todo desde su unión con el guionista Paul Laverty (marido de Icíar Bollaín; para ella escribió También la lluvia, excelente película cortada por el mismo patrón del cine de Loach & Laverty), sus intenciones se han vuelto demasiado evidentes, más discursivas que cinematográficas, más preocupadas en el contenido que en la forma. El cine de Loach, preocupado siempre por los problemas sociales, poniendo su ojo especialmente en la clase trabajadora de Reino Unido, ha acabado convertido en un género en sí mismo, son muy reconocibles, pero no siempre le salen bien (hasta el punto de que películas absolutamente “kenloachianas”, como la mítica Full Monty, de Peter Cattaneo, llegan a superar a su modelo). Pero eso sí, nadie puede negar que un cineasta que nos ha entregado desde los años 80 filmes como Agenda oculta, Lloviendo piedras, Ladybird Ladybird, Tierra y Libertad, La canción de Carla, Mi nombre es Joe, la extraordinaria Sweet Sixteen o la ya mencionada El viento que agita la cebada, es sin duda, uno de los grandes.

La parte de los Ángeles

Consciente quizá de este involuntario y poco deseoso giro que ha tomado su carrera en estos años, y para aligerar su omnipotente preocupación social, Loach parece haber vuelto su mirada a un género apenas tocado en su carrera: la comedia. Eso sí, la comedia tal como él la entiende, llena de crítica social, drama, y desamparo. Que muchas risas no hay, vaya (su única comedia como tal podría ser La cuadrilla, cuyo único objeto parece buscar la fórmula de éxito de, curiosamente, Full Monty). Y por eso, tras la desconcertante Buscando a Eric, Loach y Laverty nos traen una nueva comedia que sólo puedo calificar de… desconcertante.

El comienzo es magnífico: en pocos minutos, Loach nos presenta a sus protagonistas, una serie de jóvenes inadaptados sociales que, debido a pequeñas infracciones (la del personaje de Albert <Gary Maitland>, que se arroja borracho a las vías del tren, es sencillamente hilarante), se ven obligados a realizar servicios comunitarios en una Escocia actual llena de desempleo y sin esperanza. En esos primeros minutos, uno puede hacerse una idea de lo que será el film, siguiendo las (des)venturas de este pintoresco grupo, a cuyo cargo está el actor John Henshaw. Pero enseguida Loach vuelca su mirada en Robbie (el debutante Paul Brannigan), uno de los pequeños delincuentes del grupo, que ha dejado embarazada a su novia, que pertenece a una familia enemiga de la de Robbie. Todo un poco Romeo y Julieta, pero con escoceses, es decir, que por mucho inglés que manejes y mucha escuela de idiomas y demás, no pillas ni papa. Aquí comienza el puro drama social tan propio de Loach, que nos muestra la imposibilidad de Robbie de encontrar un trabajo y mantener a su novia e hijo, mientras tiene que hacer frente a los cazurros de la familia de ella. Su único apoyo será el bueno de Harry, el ya mencionado Henshaw, que lo acoge en su (solitaria) vida, y comienza a introducirle en el mundo de las catas de whiskys, que es como el de los vinos, pero el pelotazo que te coges es mayor. Y es entonces cuando empieza una nueva película, el golpe que Robbie y sus colegas de servicios planean para hacerse con un whisky de valor incalculable durante una multitudinaria subasta.

Entonces… ¿comedia? ¿Drama social? ¿Cine de timos, rollo Ocean´s Eleven, pero con falda escocesa? Pues sí, un poco de todo eso. El resultado es, ya decía, desconcertante e irregular. Porque lo mejor de la primera parte del film es, sin lugar a dudas, lo variopinto de los personajes que nos presenta, un plantel coral de actores, en su mayoría desconocidos y/o debutantes, pero que derrochan carisma, y que enseguida se hacen con el cariño del espectador, como es el del ya mencionado Albert, más tonto que otra cosa, o la cleptómana que interpreta Jasmine Riggins. Por ello, cuando la película vuelve su mirada exclusivamente a Robbie, interpretado por otro desconocido que, si bien aporta frescura y naturalidad, a duras penas puede mostrar hondura y profundidad, el aburrimiento se apodera del espectador. Comienzan a verse los peores rasgos de Loach, ya sea en la obviedad de su discurso (nuevamente, los malos son casi caricaturas), o en su dejadez formal, y el metraje se estira, llegando a la hora de duración casi a rastras. Cuando ya no pude más y miré el reloj, no me podía creer que todavía quedaran cuarenta minutos más de película. Tan sólo un par de secuencias levantan el ánimo: aquella que lleva a todo el grupo (felizmente recuperado) a unas bodegas, donde empieza a fraguarse el interés del protagonista por el whisky, así como su posterior golpe; y la vista a la que acude Robbie ante un chico al que, en un arrebato, golpeó hasta hacerle perder la visión de un ojo. Ésta en concreto, se encuentra entre lo mejor del film, por su dureza, por su honestidad, por mostrar al protagonista en toda su contradicción y desesperanza.

Así las cosas, cuando el film se vuelve inesperadamente una “peli de golpe”, como vulgarmente podríamos llamar a este género, el ritmo se anima, los personajes secundarios cogen protagonismo, y el humor absurdo se adueña de la historia (la peregrinación de la pandilla hasta la subasta, recorriendo a pie media Escocia, con sus “kilts”, y al ritmo del “Five Hundred Miles” de The Proclaimers, es de un humor contagioso). Cuando finaliza el film, de una forma curiosamente optimista para lo que nos tienen acostumbrados Loach & Laverty, te levantas con una sonrisa en el rostro tan bobalicona como las bromas de Albert, un personaje que parece sacado del humor, entre incómodo y desternillante, de Ricky Gervais y Stephen Merchant.

Y en una película que nos habla de las escasas, o nulas, oportunidades que tiene la gente joven en esta Europa que se hunde, y donde la única salida parece ser la huída y la búsqueda de una nueva vida tras cometer un robo (eso sí, un robo a una burguesía decadente y encantada de sí misma, capaz de pagar millones de dólares por una simple barrica de whisky, mientras la miseria se adueña de las clases más desfavorecidas), acabar con una sonrisa de optimismo es, desde luego, algo encomiable.

Mario Hernández


Titulado en Dirección Cinematográfica.