The Master – Crítica
Follow Dir. Paul Thomas Anderson
Estreno: 4 ene 2013

The Master – Crítica

Nota Muvin.es
7.5
Lo bueno: Un fascinante J.Phoenix enfrentado al siempre excelente P.S. Hoffman.
Lo malo: Después de todo lo que promete, no dice nada a la cabeza ni toca el corazón.
Nota Usuarios
1.0
(1 votos)
¡Puntúa!
VN:F [1.9.22_1171]
Rating: 1.0/10 (1 vote cast)
  • Facebook
  • Twitter
  • Meneame
  • Bitacoras.com
  • Email
  • RSS

Paul Thomas Anderson tiene una de las filmografías más polémicas, y prestigiosas, del cine reciente. Y también breves: seis películas en dieciséis años. Eso sí, cada una de ellas se ha ido esperando como agua de mayo. Después de Sydney (1996), su debut tras diversos cortometrajes, dio la campanada con la extraordinaria Boogie Nights (1997), en mi opinión su obra maestra, con una puesta en escena llena de vértigo (tenía Anderson entonces sólo 27 años) y furia (el mítico plano secuencia donde William H. Macy asesinaba a su  mujer en medio de una fiesta). Le siguió luego la ambiciosa Magnolia (1999), dramón de más de tres horas y repleto de estrellas, Embriagado de amor (2002), comedia romántica que nadie entendió ni a nadie interesó, y tras un paréntesis de cinco años, llegó la famosa y controvertida Pozos de ambición (2007), que le valió un segundo Oscar a un terrorífico Daniel Day-Lewis.

The Master

De nuevo, un lustro después, Anderson estrena The Master, película que tras alzarse con el León de Plata al Mejor Director y la Copa Volpi exaequo para sus dos protagonistas al Mejor Actor, parecía una de las más firmes candidatas a los Oscar de 2013. Sin embargo, sus opciones parecen haberse desinflado en favor de más recientes estrenos, como Lincoln, Django desencadenado, La noche más oscura, Los miserables, o Argo. Lo cual confirma dos cosas: una, que muy pocas películas con intenciones de Oscar estrenadas antes de septiembre alcanzan finalmente su meta; y dos, que el cine de Anderson es más elogiado por la crítica en la teoría que en la práctica, algo parecido a lo que le pasa también al propio cineasta, cuyas películas parecen prometértelo todo para luego no saber muy bien qué darte.

Y ése es el problema principal de The Master, un film tan brillantemente realizado como ambiguo en sus resultados. Superada ya la polémica en torno a si la película es o no un retrato del fundador de la Cienciología (“religión” a la que pertenecen pesos pesados de Hollywood como Tom Cruise, John Travolta, o Will Smith), L. Ronald Hubbard, el argumento sigue en realidad a Freddie Quell (Joaquin Phoenix), un trastornado veterano de la Armada Norteamericana, a lo ancho y largo de EE.UU. a principios de los años 50, sobreviviendo más mal que bien, e incapaz de encontrarle un sentido a su existencia, hasta que se cruza en el camino de Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman), una especie de “predicador” culto de las clases altas que, junto a su familia y troupe, van recogiendo acólitos y sobre todo recaudando dinero para su “causa”. Y si bien parece que Quell por fin  ha encontrado sentido a la vida en la figura de Dodd, pronto descubrirá que éste podría muy bien no ser más que un charlatán. Como asegura su propia hija, “se inventa las cosas sobre la marcha”.

Semejante argumento podría dar para una estupenda y absorbente película, y durante buena parte de su metraje, The Master lo es. Cada plano, cada escena, cada secuencia del film respira arte cinematográfico, obra de un director absoluto poseedor de un don para la puesta en escena, del encuadre, del movimiento de los personajes. Así, sus primeros compases, los que tienen lugar en la isla donde esperar órdenes Quell y el resto de soldados de la compañía, mientras se dedican a masturbarse y hacer mujeres gigantes de arena, son absolutamente envolventes e hipnóticos (la música de Jonny Greenwood, de Radiohead, también colabora). Así, sin aspavientos ni florituras, Anderson sobresale en cada planteamiento de escena que desarrolla, desde los planos secuencia que tienen lugar en los grandes almacenes donde Quell trabaja –brevemente– como fotógrafo, a los planos fijos y amplios donde deja a los actores moverse a sus anchas: a este respecto es brillante, por su simplicidad (sólo dos planos) y contundencia, la larguísima escena en la que Quell y Dodd discuten en celdas separadas tras haber sido encarcelados. También demuestra su control sobre el montaje, ya sea dinámico y en crescendo, como el que narra el adoctrinamiento de Quell a la “nueva religión”, o pausado, como el de la primera sesión entre Quell y Dodd, resuelta en un plano medio de ambos y dos primeros planos, que deja respirar a sus actores y recoge cada uno de sus gestos, por mínimos que sean.

The Master

Sin embargo, a partir de su último tercio el film comienza a dar bandazos hacia ninguna parte. O quizá, más que bandazos, simplemente discurre, pero sin llegar a ningún sitio. Es con la (excesivamente) larga secuencia de la motocicleta en el desierto, que uno nunca sabe muy bien por qué y para qué está ahí, cuando todo el interés creado por Anderson en su historia se desmorona y desinfla, tan lenta y pesadamente como lo son sus últimos treinta y cinco minutos, con un innecesario viaje a Inglaterra, y que finaliza el clímax más extraño del cine reciente. Quizá por las críticas sufridas por su excesivo y guiñolesco final de Pozos de ambición, Anderson entrega un enfrentamiento final entre sus dos protagonistas que ni es enfrentamiento ni parece, desde luego un final. Y sin querer desvelar el epílogo que cierra la película, lo que queda es la sensación de que hemos asistido, durante más de dos horas, a la historia de un hombre que lo único que necesitaba en su vida de mierda era echar un polvo. Algo que no es tan descabellado si consideramos que antes de que pasen cinco minutos de metraje, Quell aparece simulando un coito con la mencionada mujer de arena, y el resto de la película desaprovechando o evitando, sus oportunidades sexuales. De ahí que el espectador se levante de la butaca sin saber muy bien, al final, qué ha visto, qué le querían contar, lamentándose de que toda la poesía visual que ha paladeado durante dos horas y cuarto, se resuelva al cabo excesivamente ambigua y, definitivamente, insatisfactoria.

The Master

Pero si por algo será recordada esta The Master es, no lo duden, por sus dos magníficos protagonistas. Joaquin Phoenix entrega aquí una de esas actuaciones que justifican toda una carrera, demostrando que, cuando se deja de chorradas y timos como I´m still here, es uno de los más brillantes actores de su generación, y superando sus hallazgos interpretativos de Gladiador, En la cuerda floja o la muy infravalorada y algún día redescubierta Two lovers. Es sencillamente portentosa la transformación física por la que hacer pasar a su personaje durante los primeros veinte minutos, hasta convertirlo en ese ser atormentado mentalmente, con el cuerpo arqueado y medio rostro paralizado, que deambula por Estados Unidos lleno de soledad y, sobre todo, furia. Phoenix parece sencillamente un animal acorralado, herido, peligroso precisamente por todo el daño sufrido, inestable e imprevisible, una auténtica bestia interpretativa que arrasa con el plano, y el decorado, el cual destroza en numerosas ocasiones, como en la ya mencionada y (no me cansaré de decirlo) brillante escena de la cárcel, donde durante varios, eternos, angustiosos, excelentes, minutos no hace más que dar vueltas alrededor de su celda, destrozando el váter, la cama, y todo lo que encuentre en su reducido espacio, ante la atenta mirada de…

Philip Seymour Hoffman, Actor con mayúsculas, típico secundario gordo y bajito que ha acabado haciéndose un hueco entre los más grandes, y mientras que la Academia lo recompensó por su interpretación más tópica (Truman Capote), nos ha regalado composiciones imborrables en Magnolia, La última noche, o la extraordinaria Antes que el diablo sepa que has muerto. Él es The Master, y su trabajo es tan detallista, tan apoyado en silencios y miradas, tan deliciosamente pequeño, que muchos actores deberían estudiarlo. Tan sólo en dos momentos puntuales pierde la compostura, revelando la auténtica naturaleza de Dodd (la primera de ellas, en una fiesta, es impagable: “You fuck pig!”, llama a un escéptico).

The Master

Todas las secuencias que comparten estos dos auténticos monstruos son el alma y el esqueleto sobre el que se sustenta el film, si bien destacan las dos ya mencionadas: la primera sesión entre ambos, de una química brutal, y la cárcel, con los dos actores derrochando ira, furia, pasión. Ante ello poco pueden hacer unas estupenda aunque desaprovechada Amy Adams (aunque tiene una escena excelente, cuando masturba –ahí vamos otra vez– a su marido ante el espejo) y una anecdótica y envejecida Laura Dern.

Así pues, no nos queda sino esperar que Anderson retome la fuerza y visceralidad que encumbró Boggie Nigths y, en menor medida, Magnolia, y no acabe transformándose en un trasunto de Terrence Malick, un absoluto maestro de la poesía cinematográfica, pero incapaz ya de conectar con la emoción de la historia (es de lo que adolecía la bellísima El árbol de la vida, y el tráiler de su nuevo film, To the wonder, parece tres cuartos de lo mismo). A este The Master le falta emotividad y fuerza en su narración. Concisión. No por casualidad, un plano recurrente en el film es el del mar, y el rastro que deja en él algo en movimiento. Una imagen de gran belleza, pero tan críptico, tan ambiguo, que no podemos desvelarlo. Y al final, y eso es lo peor, ni siquiera nos importa.

The Master - Crítica, 1.0 out of 10 based on 1 rating
Mario Hernández


Titulado en Dirección Cinematográfica.