Vacaciones en el infierno – Crítica
Follow Dirección: Adrian Grunberg
Estreno: 26 oct 2012

Vacaciones en el infierno – Crítica

Nota Muvin.es
5.0
Lo bueno: La verosímil recreación del estremecedor mundo carcelario de México
Lo malo: Un guión flojo y bastante increíble.
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“Get the gringo”, traducida aquí como Vacaciones en el infierno, cuenta la historia de Driver (Mel Gibson), un criminal profesional estadounidense que acaba prisionero en una corrupta cárcel mejicana, donde tendrá que recurrir a toda su habilidad y sangre fría para recuperar tanto su libertad como el dinero de su último golpe, y de paso salvar la vida de un niño inocente (Kevin Hernández) que se cruza en su camino y al que coge cariño. Por el camino, Driver se llevará por delante a varios gángsters a ambos lados de la conflictiva frontera de México y Estados Unidos.

Esta es la tercera película de Mel Gibson (estrella absoluta de Hollywood en los 80 y los 90, de esas que cobraba 25 millones de dólares por película), desde que volvió a las pantallas después de un parón de ocho años debido a una caída en desgracia provocada, principalmente, por un profundo alcoholismo. En esta ocasión Gibson protagoniza, co-escribe y co-produce esta curiosa película que se queda a medio camino entre el thriller, la acción y la denuncia social.

Vacaciones en el infierno

El thriller y la acción deberían nacer del argumento de la película, que pertenece al subgénero carcelario en el que un tipo duro se queda encerrado en una jungla humana sin más ley que la del más fuerte. Normalmente, para incrementar la violencia, el encerrado suele ser un policía, que además ha metido allí a la mitad de la población reclusa. En este caso el personaje de Gibson es, además del único gringo del penal, un criminal profesional que, por obra y gracia del guión, coincide en la prisión con el único niño que puede aportar algo de interés a la trama, dado que el hígado, sí, han leído bien, el hígado del chaval en cuestión (Kevin Hernández) es lo que el capo de la mafia carcelaria (nuestro compatriota, el excelente Daniel Giménez Cacho) necesita para poder seguir viviendo, dado que tiene un tipo de sangre tan raro que sólo un trasplante del hígado del niño le mantendrá con vida.

Así que el criminal profesional, que lo es porque su padre pegaba a su madre, y que además ha sido tirador de élite del ejército de EEUU, se transforma metafóricamente en “policía” (de hecho, al final de la película lleva hasta una placa robada para poder volver a entrar en la cárcel) y se convierte en protector del niño (al que además quita su adicción al tabaco) y de su atractiva madre mexicana, una ex-yonqui que lleva 15 años viviendo en la cárcel, cuyo hijo es todo lo que tiene en la vida.

La denuncia social nace de lo único realmente interesante de la película que es el retrato, sin meterse en terrenos demasiado escabrosos, que hace del escalofriante universo carcelario de México. La cárcel de “El Pueblito”, donde está ambientada la película, cerró sus puertas en el 2002, y en su país era conocida como “la universidad del crímen”. Es una colorida penitenciaría donde conviven hombres, mujeres, niños, bares, locales para pincharse caballo, y dónde el dinero manda a través de una mafia organizada que vive con todo tipo de lujos.

Vacaciones en el infierno

No queda claro si la intención de Gibson con esta cinta es entretener o la de aleccionar, aunque al final lo que consigue es aburrir, dado que la historia se cae por su propio peso, llega un momento en que ya nada tiene sentido, y lo único que obliga a seguir mirando la pantalla es la inusitada violencia de tener al niño abierto en canal, mientras un malévolo cirujano le saca, literalmente, el hígado, para ponérselo al capo de la mafia carcelaria. Todo ello en pleno asalto armado a la prisión por parte de las Fuerzas del Orden. Es el clímax de la película, ese momentazo en el que entra Mel Gibson, encañona al cirujano y le susurra “vuelve a poner eso (el hígado del chaval) donde estaba”.

Tal vez el ex-alcohólico Gibson esté lanzando un mensaje: “soy consciente de que el alcoholismo jodió mi vida. No hay nada más sagrado que el hígado, y más el de los críos” De hecho, Gibson se pasa la película fumando (y el niño también, al principio), pero alcohol, lo que dice alcohol, no aparece ni una gota (más allá de un par de inocentes cervecitas con su colega del consulado y con la chica), salvo en la escena en que uno de los malos se amorra a una botella de tequila porque Gibson le ha robado el dinero, y entonces el malo se pone violento con el niño y con su madre (en otra escena de violencia infantil y de género bastante brutal); y hasta con su propio hermano mafioso. Menos mal que aparece el redimido Gibson (cuyo personaje, cosa curiosa, no tiene nombre en la película, lo cual le convierte en anónimo, como los alcohólicos en terapia), con su pistola y mata al borracho violento.

Vacaciones en el infierno

Para esto, entre otras cosas, sirve el arte (y no olvidemos que el cine es el Séptimo Arte): para exorcizar los demonios interiores. ¿Lo habrá hecho Mel Gibson a propósito? Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es que “Vacaciones en el infierno” es una película sólo para fans de Mel Gibson; que vale la pena ver en versión original, dada la gran cantidad de diálogos, incluidos algunos muy buenos del propio Gibson, en castellano; y que, aunque inverosímiles, tiene varios homenajes al cine de Tarantino y al mísmisimo Clint Eastwood, que arrancan una escéptica sonrisa.

Nada le gusta más a Hollywood y a los Estados Unidos que una buena historia personal de caída en desgracia y redención. Véase el reciente caso de Mickey Rourke, sin ir más lejos. Aunque para eso hace falta un papel de más calado y menos típico que el de Gibson en esta película mexicana. Tal vez dicho papel esté al llegar, tal vez no. En cualquier caso, se agradece al actor australiano que lo intente, y que no pierda por el camino tres cosas que esta película demuestra que sí tiene: el carisma de estrella, ganas de luchar, y mucho sentido del humor.

Quino A. Ventura


Titulado en Dirección Cinematográfica.